El velorio
Marcela Rivadeneira
Debí despertar junto a un extraño. Junto a un nombre.
Junto a un perfume vago. Pero desperté y a mi lado hay
un hombre. Su piel está impregnada de mi olor, y de la
misma película de sudor que recubre las sábanas.
Exhalo y miro el reloj. A su lado, dos billeteras vomitan su
contenido sobre el velador. El sol de la mañana revienta
en la ventana del hotel. Él detecta mi movimiento y me
abraza. Y el maldito hombre se vuelve un compañero.
Trago saliva y apoyo mi cabeza en ese pecho. Tibio. Mitad
mío, mitad prestado. Al menos mitad mío hasta que,
después de que nos hayamos marchado, la mucama cambie
las sábanas. Mitad prestado porque él sabe que una
vez descargados mis orgasmos empiezo a planear el escape.
Pero lo hago lentamente, mientras mido su cuello y
su espalda con besos minúsculos. Mientras intento inocularle
la sobredosis de dulzura que, finalmente, reprimo.
Su cuerpo vuelve a ser el de un extraño. Pero esos ojos son
míos. Ácido y caramelo. Es más difícil sacarme un suspiro
que un orgasmo. Y él ha obtenido ambos. No. Yo se los he
entregado.
Las cortinas de la habitación están abiertas. La traición
convertida en vitrina. Pero, afuera, la ciudad se niega a
ver. Mi exhibicionismo ha visto ya mucho de su ceguera.
Me envuelvo en la sábana para ocultar mi cuerpo crudo,
sudado, magullado, todavía hambriento. Alcanzo una botella
de agua del velador. Con el sorbo no me vuelve la
vida y, buscando al hombre, me lanzo junto al extraño.
Hundo mi cabeza en su pecho para que se extingan los
ardores que me han partido en dos. Un pedazo es suyo.
Otro pedazo es de alguien que no está en esta habitación.
Queda poco para mí.
No. La sensación que chorrea de mis vísceras no es repugnancia.
Es terror. Porque él me expone. Tiene el poder
para hacer conmigo lo que le de la gana. Y lo sabe. Es un
juego con reglas retorcidas y emociones manipulables. Es
un altar de sacrificio.
Es terror, porque a pesar de mi pésimo equilibrio me he
mantenido en la cuerda floja demasiado tiempo. Con el
deseo oculto de caer hacia los cocodrilos. Sin la resolución
para volver a tierra firme. Es un experimento sociológico
auto conducido, y el extraño, un medicamento sin prescripción.
El timbre de su celular desgarra mi divagación. La vida
real irrumpe en esta burbuja –100 % libertad artificial–
que he manufacturado con fanatismo artesanal. Sin embargo,
la mañana transcurre y, por la ventana, veo pasar
nubes y horas huecas.
Su respiración golpea mi nuca. Su respiración es una
cuenta regresiva que me recuerda que el fin del mundo –a
veces– no llega con una explosión sino con un quejido.
Pero, en lugar de huir sigo buscando al hombre. Hundo
mis dedos en su cabello tratando de purgar sus ideas, de
destornillar sus esquemas, de erradicar su ego. Busco la
partícula subatómica que pueda desatar en su cabeza el
Big Bang. La nota que al ser entonada aniquile a la extraña
y me convierta en mujer.
Pero ya es medio día. El sol acribilla los cristales de la ventana
y mi búsqueda es interrumpida por las voces de las
mucamas que desfilan por el corredor. La hora del check
out se acerca. Caduca mi burbuja. Y sólo queda tiempo
para tomar una ducha. |