Discurso
de Jean-Marie Gustave Le Clézio
previo a la ceremonia de entrega del
Premio Nobel de Literatura 2008
Estocolmo,
Suecia, 6 de diciembre de 2008
¿Por
qué escribimos? Creo que cada
uno tiene su propia respuesta para
esa simple pregunta. Uno tiene predisposiciones,
un entorno, circunstancias. Defectos,
también. Si estamos escribiendo,
significa que no estamos actuando.
Que nos encontramos en dificultades
cuando enfrentamos a la realidad y
hemos elegido otra manera de reaccionar,
otro camino para comunicar, una cierta
distancia, un tiempo para reflexionar.
Si
examino las circunstancias que me llevaron
a escribir —y esto no es mera
autoindulgencia sino un deseo de precisión— veo
con claridad que el punto de inicio
para mí fue la guerra. No la
guerra en el sentido del tiempo específico
de un magno trastorno, donde se experimentan
eventos históricos, como la
campaña francesa en la batalla
de Valmy, como la retrata Goethe del
lado germánico o mi ancestro
François por el bando de la armée
révolutionnaire. Este
debió ser
un momento de exaltación y patetismo.
No,
para mí guerra es lo que los
civiles experimentan, niños
pequeños primero y todos los
demás. Ni una sola vez la guerra
ha sido para mí un momento histórico.
Estábamos hambrientos, estábamos
temerosos, teníamos frío,
y eso es todo. Recuerdo haber visto
a las tropas del Mariscal Rommel pasando
por mi ventana en camino a los Alpes,
buscando un pasaje hacia el norte de
Italia y Austria. No tengo un recuerdo
particularmente vívido de tal
evento.
Recuerdo,
sin embargo, que durante los años
siguientes a la guerra carecíamos
de todo, particularmente libros y materiales
para escribir. A falta de papel y tinta,
realicé mis primeros textos
y dibujos en la contraportada de los
libros usando un lápiz bicolor,
rojo y azul. Esto me dejó una
cierta preferencia por el papel rugoso
y los lápices ordinarios. A
falta de libros para niños,
leía los diccionarios de mi
abuela.
Eran
como un maravilloso portón,
a través del cual me embarqué en
el descubrimiento del mundo, me extravié y
soñé despierto mientras
miraba las láminas ilustradas
y los mapas y las listas de palabras
poco familiares. El primer libro que
escribí, a la edad de 6 o 7
años, se tituló, más
o menos, Le Globe à mariner. Inmediatamente
después escribí la biografía
de un imaginario monarca llamado Daniel
III —¿podría haber
sido sueco?— y un relato contado
por una gaviota. Era un tiempo de reclusión.
A
los chicos apenas se les permitía
salir de casa a jugar, porque en los
jardines y descampados alrededor de
la casa de la abuela aún había
minas enterradas. Recuerdo que un día,
mientras caminaba a la orilla del mar,
llegué a un terreno cercado
por alambre de púas: en la entrada
había un aviso en alemán
y francés que amenazaba a los
intrusos y estaba rematado con un cráneo
para dejar el mensaje perfectamente
claro.
Es
fácil entender, en ese contexto,
el deseo de escapar —y de ahí,
el deseo de soñar y de poner
esos sueños en la escritura.
Mi abuela materna, sin embargo, era
una gran contadora de historias, y
se sentaba durante las largas tardes
a contar sus historias. Éstas
eran siempre muy imaginativas y su
escenario eran los bosques —quizás
en África o en Mauritius, la
isla de los Macabeos— donde el
personaje principal era un mono que
tenía mucho talento para las
travesuras y cuyas inquietudes siempre
lo llevaban a las más peligrosas
aventuras. Después, viajaría
a África y pasaría tiempo
allí, para descubrir el verdadero
bosque, uno donde casi no había
animales.
Pero
un oficial de distrito en la villa
de Obudu, cerca de la frontera con
Camerún, me enseñó cómo
escuchar el tamborileo de los gorilas
en una pradera cercana, provocado al
golpear sus pechos. Y de esa jornada,
y el tiempo que pasé allí (en
Nigeria, donde mi padre era doctor
extramuros) no sería la sustancia
que rescataría para futuras
novelas, pero sí el nacimiento
de una segunda personalidad, un ensoñador
que estaba fascinado con la realidad
al mismo tiempo, y esta personalidad
ha estado conmigo durante toda mi vida
desde entonces —y ha constituido
una dimensión contradictoria,
una extranjería dentro de mí mismo
que ha sido a veces fuente de sufrimiento.
Dada la lentitud de la vida, me ha
tomado la mejor parte de mi existencia
el entender la importancia de esta
contradicción.
Los
libros entraron en mi vida en un periodo
posterior. Cuando la herencia de mi
padre fue dividida, luego de que fuera
expulsado de la casa familiar en Moka,
Mauritius, él arregló que
se instalaran varias bibliotecas con
los libros que le quedaron. Fue entonces
cuando comprendí una verdad
que de inmediato no es aparente para
los niños: que los libros son
un tesoro más preciado que cualquier
propiedad o cuenta de banco. Fue en
esos volúmenes —muchos
de ellos antiguos tomos encuadernados— que
descubrí las grandes obras de
la literatura universal: Don Quijote, ilustrado
por Tony Johannot; La vida de Lazarillo
de Tormes; las Leyendas Ingoldsby; Gulliver’s
Travels; las grandiosas e inspiradas
novelas Quatre-Vingt-Treize, Les
Travailleurs de la Mer y L’Homme
qui Rit. Así también Les
Contes Drôlatiques, de
Balzac. Pero los libros que tuvieron
mayor impacto en mí fueron las antologías
de cuentos de viajeros, la mayoría
de ellos dedicados a India, África
y las islas Mascarene, o las grandes
historias de exploración de
Dumon d’Urville o Abbé Rochon,
así como Bougainville, Cook,
y desde luego los viajes de Marco Polo.
En
la mediocre vida de una pequeña
provincia dormitando por el sol, después
de todos esos años de libertad
en África, esos libros me otorgaron
el sabor de la aventura, la sensación
de vastedad del mundo real, significados
para explorar por medio del instinto
y sentidos más allá del
conocimiento. En cierto modo, también,
esos libros me dieron, a muy temprana
edad, la advertencia de la contradictoria
naturaleza de la existencia de un niño:
un niño puede aferrarse a un
santuario, un lugar para olvidar la
violencia y competitividad, y a la
vez encontrar placer al contemplar
tras la ventanilla el mundo exterior
en su devenir.
Hace
poco recibí —para mí,
algo sorprendente— la noticia
de que la Academia Sueca me premiaba
con esta distinción. Estaba
releyendo un pequeño libro de
Stig Dagerman al que le tengo particular
aprecio: una colección de ensayos
políticos titulado Essäer
Och Texter. No era pura casualidad
que yo estuviera releyendo este agridulce,
abrasivo libro. Me preparaba para un
viaje a Suecia para recibir el premio
que la Asociación de Amigos
de Stig Dagerman me otorgaría
el verano previo, para visitar los
lugares en los que había estado
el escritor cuando niño. Siempre
he sido particularmente receptivo a
la escritura de Dagerman, a la manera
en que él combina una ternura
casi infantil con cierta ingenuidad
y sarcasmo. Y por su idealismo.
Por
la clara contemplación con la
que juzga su problemática era
de post guerra —la de sus años
de madurez, la de mis primeros años.
Una frase en particular captó mi
atención, como si hubiese estado
dirigida a mí desde siempre,
por la que publiqué una novela
titulada Ritournelle de la Faim. Esa
frase, o el pasaje, es como sigue: “Cómo
es posible por una parte, por ejemplo,
comportarse como si nada en la Tierra
fuera más importante que la
literatura, y por otra parte darse
cuenta de que la gente sólo
quiere vencer al hambre y que necesariamente
consideraran que la cosa más
importante es lo que puedan conseguir
al final del mes. Debido a esto es
que él (el escritor) se confronta
con una paradoja: mientras lo que él
quiere es escribir para aquellos que
pasan hambre, luego descubre que sólo
aquellos que tienen los recursos para
comer son los que notarán su
existencia” (The Writer and
Consciousness).
Este “bosque
de paradojas”, como lo llamó Stig
Dagerman, es precisamente el numen
de la escritura, el lugar desde el
que el artista no debe intentar escapar:
al contrario, él o ella debe
desplegarlo en orden de examinar cada
detalle, explorar cada rincón,
nombrar cada árbol. No es siempre
una estancia agradable. Él piensa
que ha encontrado un refugio, ella
confiesa en sus páginas como
si fuera una cerca, indulgente amiga;
pero ahora estos escritores se confrontan
con la realidad, no precisamente como
observadores, sino como actores. Ellos
deben elegir bandos, establecer su
distancia.
Cicerón,
Rabelais, Condorcet, Rousseau, Madame
de Staël, o, más recientemente,
Solzhenitsyn o Hwang Sok-yong, Abedalitif
Laâbi o Milan Kundera: todos
fueron obligados a seguir la senda
del exilio. Para algunos como yo que
siempre han —excepto durante
breve tiempo de guerra— disfrutado
libertad de movimiento, la idea de
que uno se ve impedido de vivir donde
uno ha elegido, es tan inadmisible
como perder la libertad.
Pero
el privilegio de la libertad de movimiento
resulta una paradoja. Observemos, por
un momento, al árbol con sus
filosas espinas que está en
el corazón del bosque donde
vive el escritor: este hombre, esta
mujer, ocupados escribiendo, inventando
sus sueños —¿no
pertenecen ellos a una afortunada,
exclusiva y feliz minoría? Tomemos
una pausa e imaginémoslos en
una extrema, terrible situación —como
aquella en que se encuentra una vasta
mayoría de gente en nuestro
planeta.
Una
situación en la que, tiempo
atrás, en el tiempo de Aristóteles
o Tolstoi, era compartida por aquellos
que no tenían status —siervos,
sirvientes, villanos en la Europa de
la Edad Media, o aquellos que durante
el Iluminismo fueron llevados a la
costa de África, vendidos en
Gorée o El Mina o Zanzíbar.
E incluso hoy, mientras les hablo,
existen quienes no tienen libertad
de expresión, que están
en el otro lado del lenguaje. Me he
contagiado de las reflexiones pesimistas
de Dagerman, más que de la militancia
gramsciana, o de la desilusionada apuesta
sartreana. La idea de que la literatura
es un lujo de la clase dominante, alimentando
ideas e imágenes que continúan
siendo extrañas para una vasta
mayoría: esa es la fuente del
malestar que cada uno de nosotros siente —porque
me dirijo a aquellos que leen, a los
que escriben.
Desde
luego, uno quisiera difundir la palabra
a todos aquellos que han sido excluidos,
invitarlos de manera magnánima
al gran banquete de la cultura. ¿Por
qué es esto tan difícil?
Comunidades sin escritura, como los
antropólogos gustan llamarles,
han triunfado al inventar otras formas
de comunicación, a través
de la canción y el mito. ¿Por
qué esto se ha vuelto imposible
para nuestras sociedades industrializadas,
en esta hora presente? ¿Debemos
reinventar la cultura? ¿Debemos
regresar a una inmediata, directa forma
de comunicación? Es tentador
creer que la cinematografía
satisface esa necesidad en nuestro
tiempo, o la música popular
con sus ritmos y rimas, sus ecos de
danza. O el jazz y, en otros climas,
el calipso, el maloya, el segá.
La
paradoja no es nueva. François
Rabelais, el más grande escritor
en lengua francesa, hace tiempo combatió sin
tregua contra la pedantería
de los escolares de la Sorbona, burlándose
de ellos en su cara con palabras extraídas
de la lengua común. ¿Estaba él
hablando por todos los hambrientos?
Exceso, intoxicación, banquete. Él
puso en palabras el extraordinario
apetito de aquellos que devoran la
demacración de campesinos y
obreros, sólo lo suficiente
para una mascarada, para poner el mundo
al revés. La paradoja de la
revolución, como la épica
cabalgata del caballero enfadado, vive
en la consciencia del escritor.
Si
hay una virtud que la pluma del escritor
debe tener siempre, esta es que nunca
debe ser usada para alabar al poderoso,
ni siquiera con el más imperceptible
garabato. Y sólo porque el artista
observa esta conducta virtuosa no quiere
decir que esté fuera de sospecha.
Su rebelión, rechazo e imprecaciones
sólo corresponden a un lado
de la barrera, el lado del lenguaje
del poder. Unas cuantas palabras, unas
cuantas frases podrían haber
escapado. ¿Pero el resto? Un
largo palimpsesto, un elegante y distante
tiempo para postergar. Y hay algo de
humor, algunas veces, que no es la
forma educada de los resignados, sino
la resignación de aquellos que
conocen muy bien sus imperfecciones.
Humor es la costa donde el tumultuoso
afluente de la injusticia los ha abandonado.
¿Por
qué escribir entonces? De un
tiempo para acá, los escritores
han dejado de lado la presunción
de creer que pueden cambiar el mundo,
cosa que harán a través
de sus historias y novelas, germinando
un buen ejemplo de cómo debería
ser la vida. Sencillamente, quieren
respaldar su testimonio. Ese es otro árbol
en el bosque de las paradojas. El escritor
quiere respaldar su testimonio cuando,
de hecho, no es nada más que
un simple voyeur.
Y
luego hay artistas que se convierten
en testigos: Dante en La Divina
Commedia, Shakespeare en The
Tempest —y Aimé Césaire
en su magnífica adaptación
de dicha obra, titulada Une Tempête, en
la que Calibán, sentado sobre
un barril de pólvora, trata
de volarse a sí mismo y llevarse
a su despreciado amo consigo. También
están esos testigos que son
imponderables, como Euclides da Cunha
en Os Sertões, o Primo
Levi.
Vemos
lo absurdo del mundo en Der Prozess (o
en las películas de Charlie
Chaplin); su imperfección en La
Niassance du Jour, de Colette;
su fantasmagoría en la balada
irlandesa que Joyce creó en Finnegan’s
Wake. Esa belleza resplandece,
brillante e irresistible en The
Snow Leopard de Peter Matthiessen
o en A Sand Country Almanac, de
Aldo Leopold. Su inmundicia en Sanctuary de
William Faulkner o en First Snow de
Lao She. Su fragilidad infantil en Ormen
(The Snake), de Dagerman.
El
mejor escritor como testigo es aquel
que se convierte en testigo a pesar
de sí mismo, a regañadientes.
La paradoja consiste en que no podrá apoyar
el testimonio de lo que ha visto, incluso
de lo que ha inventado. Amargura, incluso
desesperanza puede surgir debido a
que él no puede estar presente
cuando se formule la acusación.
Tolstoi
puede mostrarnos el sufrimiento que
el ejército de Napoleón
infligió al pueblo ruso, pero
al final nada cambia del curso de la
historia. Claire de Duras escribió Ourika, y
Harriet Beecher Stow escribió Uncle
Tom’s Cabin. Pero fueron
los propios esclavos quienes cambiaron
el curso de su destino, quienes se
rebelaron y pelearon contra la injusticia
creando una resistencia granate en
Brasil, Guyana Francesa y en las Indias
Occidentales, así como la primera
república negra en Haití.
Actuar:
eso es lo que el escritor quisiera
ser capaz de hacer, sobre todas las
cosas. Actuar, en lugar de ofrecer
testimonio. Escribir, imaginar y soñar
de tal manera que sus palabras e invenciones
y sueños tuvieran un impacto
sobre la realidad, cambiaran las ideas
y corazones de las personas, los prepararan
para un mundo mejor. Y entonces, en
el momento preciso, una voz le susurra
que eso no será posible, que
las palabras son palabras y el viento
de la sociedad se las lleva, y que
los sueños son meras ilusiones.
¿Qué derecho
tiene para desear ser mejor? ¿Realmente
corresponde al escritor brindar soluciones?
No está él en el rol
del guardabosques que, en la obra Knock
ou Le Triomphe de la Médecine, quiere
prevenir los terremotos? ¿Cómo
puede el escritor actuar, cuando todo
lo que sabe es cómo recordar?
La
soledad será su terreno en la
vida. Así ha sido siempre. De
niño era un chico frágil,
ansioso, excesivamente receptivo, o
la chica descrita por Collete, que
no puede hacer más que presenciar
cómo sus padres se dañan
a sí mismos, con sus grandes
ojos negros alargados en una suerte
de dolorosa atención. La soledad
es cariñosa con los escritores,
y es en compañía de la
soledad donde ellos pueden encontrar
la esencia de la felicidad. Es una
felicidad contradictoria, una mezcla
de dolor y deleite, un triunfo ilusorio,
un tormento mudo y omnipresente, nada
parecido a un inquietante tono breve.
El escritor, mejor que nadie, sabe
cómo cultivar la vital y venenosa
planta, la única que crece sólo
en la tierra de su propia impotencia.
El
escritor quiere hablar por todos y
para cada era: allí está él,
ahí está ella, cada uno
solo en su habitación mirando
el espejo blanquecino de la página
vacía, bajo la pantalla de la
lámpara destilando su luz secreta.
O sentado frente a la muy brillante
pantalla de la computadora, escuchando
el sonido de unos dedos jugando con
las llaves. Este, entonces, es el bosque
del escritor. Y cada escritor conoce
muy bien cada pasillo de ese bosque.
Si, una y otra vez, algo escapa, como
un ave lanzada por un perro al amanecer,
entonces el escritor mira, sorprendido —esto
pasa meramente por azar, en perjuicio
de uno mismo.
No
es mi deseo, de este modo, regodearme
en la negatividad. La literatura —y
este es el punto al que quiero llegar— no
es ninguna reliquia arcaica que debe,
lógicamente, ser reemplazada
por las artes audiovisuales, el cine,
en particular. La literatura es un
complejo, difícil patíbulo,
pero sostengo que ahora es más
vital que en la época de Victor
Hugo o Byron.
Hay
dos razones por las que la literatura
es necesaria:
Primero,
porque la literatura está hecha
del lenguaje. El sentido primario de
la palabra: letras, que son escritas.
En francés, la palabra “roman” se
refiere a esos textos en prosa que
por primera vez después de la
Edad Media usaron el nuevo lenguaje
hablado por la gente, una lengua romance.
Y la palabra para “relato corto”, nouvelle, también
deriva de su noción de novedad.
Aproximadamente al mismo tiempo, en
Francia, la palabra rimeur (de
rima o ritmo) decayó en uso
para designar a la poesía y
a los poetas —las nuevas palabras
vinieron del verbo griego poiein, crear.
El escritor, el poeta, el novelista,
son creadores. Esto no significa que
ellos inventan el lenguaje, significa
que usan al lenguaje para crear belleza,
ideas, imágenes. Es por ello
que no podríamos hacerlo sin él.
El
lenguaje es la más extraordinaria
invención en la historia de
la humanidad, el que vino antes que
todo y que hace posible compartir todo.
Sin lenguaje no habría ciencia,
tecnología, leyes, arte, amor.
Pero sin otra persona con quien interactuar,
la invención se convierte en
virtual. Se atrofia, disminuye, desaparece.
Los escritores, en cierto grado, son
defensores del lenguaje. Cuando escriben
sus novelas, su poesía, sus
obras, mantienen vivo al lenguaje.
Ellos no sólo están usando
palabras —al contrario, están
al servicio del lenguaje. Lo celebran,
lo afilan, lo transforman, porque el
lenguaje vive a través de ellos
y por causa de ellos, y él acompaña
todas las transformaciones sociales
y económicas de su era.
Cuando,
en el último siglo, fueron expresadas
las teorías racistas, se hablaba
de diferencias fundamentales entre
culturas. En una suerte de absurda
jerarquía, se dibujó una
correlación entre el éxito
económico de los poderes coloniales
con su pretensión de superioridad
cultural.
Dichas
teorías, como un febril, insano
impulso, tendieron a resurgir aquí y
allá, una y otra vez, para justificar
el neocolonialismo y el imperialismo.
Allí había, se nos dijo,
algunas naciones que se quedaron rezagadas,
que no habían conquistado sus
derechos y privilegios allí donde
el lenguaje está implicado,
porque estaban atrasados económicamente
o tecnológicamente rebasados. ¿Pero
se han dado cuenta aquellos que ponderan
su superioridad cultural, de que todas
las personas, el mundo entero, sin
importar su grado de desarrollo, usan
el lenguaje? ¿Y de que cada
uno de esos lenguajes tiene, de manera
idéntica, un ordenamiento lógico,
complejo, estructurado, con rasgos
analíticos que les permiten
expresar el mundo, que les permiten
hablar de ciencia o inventar mitos?
Ahora
que he defendido la existencia de esa
ambigua y un tanto pasada de moda criatura
a la que llamamos escritor, me gustaría
regresar a la segunda razón
por la que se necesita la literatura,
y que tiene más que ver con
la fina profesión de publicar.
En
estos días se ocupa mucho tiempo
en hablar de globalización.
Se olvida que, de hecho, el fenómeno
inició en Europa durante el
Renacimiento, con el inicio de la época
colonial. La globalización no
es una cosa mala en sí. La comunicación
ha acelerado progreso en medicina y
ciencia. Tal vez, la generalización
de la información contribuya
a prevenir conflictos. Quién
sabe, si la Internet hubiera existido
en el tiempo de Hitler, quizá su
argumento criminal no habría
triunfado —el ridículo
habría prevenido que siquiera
hubiera visto la luz del día.
Vivimos
en la era de Internet y la comunicación
virtual. Esta es cosa buena, pero ¿habrían
valido la pena estos asombrosos inventos
de no ser por la enseñanza del
lenguaje escrito y los libros? Proporcionar
a casi todas las personas en el planeta
un dispositivo de cristal líquido
es utópico. ¿No estamos,
de cierta manera, en el proceso de
creación de una nueva elite,
trazando una línea que divide
el mundo entre aquellos que tienen
acceso a la comunicación y el
conocimiento y aquellos que se quedan
fuera? Grandes naciones, grandes civilizaciones
han desaparecido por no darse cuenta
de que esto podía ocurrir.
Para
estar seguros, existen grandes culturas,
consideradas minorías, que han
sido capaces de resistir hasta este
día gracias la transmisión
oral del conocimiento y sus mitos.
Es indispensable, y benéfico,
reconocer la contribución de
estas culturas. Pero nos guste o no,
aunque no hayamos alcanzado la era
de la realidad, ya no vivimos en la
era de los mitos. No es posible proveer
una fundación por la igualdad
y el respeto de otros a menos que cada
niño reciba los beneficios de
la escritura.
Y
ahora, en esta era que sigue a la descolonización,
la literatura se ha convertido en una
manera para que hombres y mujeres en
nuestro tiempo expresen su identidad,
clamar su derecho a hablar y ser escuchados
en toda su diversidad. Sin esas voces,
su llamado, viviríamos en un
mundo de silencio.
La
cultura en una escala global nos concierne
a todos. Pero es sobre todo responsabilidad
de lectores —y editores, en otras
palabras.
Ciertamente,
es injusto que un indio del lejano
norte de Canadá,
si desea hacerse escuchar, tenga que
escribir en la lengua de sus conquistadores —en
francés o inglés.Ciertamente,
es una ilusión esperar que el
lenguaje creole, de Mauritius o de
las Indias Occidentales, sea escuchado
tan fácilmente como las cinco
o seis lenguas que reinan hoy día
como monarcas absolutos en los medios
electrónicos. Pero si, a través
de la traducción, sus voces
se pueden escuchar, entonces algo nuevo
está ocurriendo, una causa para
el optimismo. La cultura, como he dicho,
nos pertenece a todos, a toda la humanidad.
Pero en orden de hacer esto verdadero,
cada uno debería tener iguales
accesos hacia la cultura. El libro,
sin importar lo anticuado que pueda
ser, es la herramienta ideal. Es práctico,
fácil de manejar, económico.
No
requiere ninguna destreza en particular
y se mantiene bien en cualquier clima.
Su único defecto —y aquí quisiera
dirigirme a editores en particular— es
que en un gran número de países
es aún muy difícil acceder
a los libros. En Mauritius, el precio
de una novela o una colección
de poesía es el equivalente
a una gran proporción del presupuesto
familiar. En África, Sureste
de Asia, México o las Islas
del Sur, los libros continúan
siendo un lujo inaccesible. Y existen
los remedios para esta situación.
Unir
publicación con los países
en desarrollo, el establecimiento de
fondos para bibliotecas y librerías
ambulantes, y sobre todo, mayor atención
en publicar trabajos de esos llamados
dialectos (lenguajes minoritarios) —que
son a menudo los mayoritarios— ayudaría
a la literatura para continuar su labor
de maravillosa herramienta para el
autodescubrimiento, para el descubrimiento
de los otros, y para escuchar el concierto
de la humanidad, en toda su rica gama
de temas y modulaciones.
Creo
que me gustaría agregar algunas
palabras más respecto al bosque.
No tengo duda de que por esta razón
la pequeña frase de Stig Dagerman
sigue haciendo eco en mi memoria, y
es por esta razón que quiero
leerlo y releerlo, para llenarme de
ello. Hay una nota de desesperanza
en sus palabras y algo triunfante al
mismo tiempo, porque en ese carácter
agridulce encontramos la semilla de
verdad que cada uno de nosotros busca.
Cuando niño, soñaba con
ese bosque. Me asustaba y me fascinaba
a la vez —suponía que
Tom Thumb y Hansel se habían
sentido del mismo modo, cuando estaban
en las profundidades del bosque, rodeados
por sus peligros y maravillas.
El
bosque es un mundo sin fronteras. Puedes
perderte en la espesura de los árboles
y la oscuridad impenetrable. Lo mismo
podría decirse del desierto,
o el océano abierto, donde cada
duna, cada pradera nos encamina a una
pradera idéntica, cada ola nos
lleva a otra perfectamente idéntica
ola. Recuerdo la primera vez que experimenté lo
que podría hacer la literatura —en The
Call of the Wind, de Jack London,
donde uno de los personajes, perdido
en la nieve, siente cómo el
frío lo posee como el círculo
de lobos cercándolo. Él
miró su mano, que estaba casi
entumecida, y trató de mover
cada dedo, uno después del otro.
Este fue un mágico descubrimiento
para mí cuando era niño.
Se le llama autoconciencia.
A
ese bosque debo una de las más
grandes emociones de mi vida adulta.
Esto fue hace casi 30 años,
en la región de Centroamérica
conocida como El Tapón del Darién,
porque allí, en aquellos días
(y creo que la situación no
ha cambiado mucho al paso del tiempo),
hubo una interrupción en la
Carretera Panamericana que se suponía
uniría a las dos Américas,
desde Alaska hasta el borde de Tierra
de Fuego.
En
esta región del istmo de Panamá el
bosque tropical es extremadamente denso,
y la única manera de viajar
es en una balsa río arriba.
En ese bosque vive una población
indígena, dividida en dos grupos,
los embera y los wounaans, ambos pertenecientes
a la familia lingüística
ge-pano-carib. Aterricé allí por
casualidad, y quedé tan fascinado
por esta gente que permanecí durante
varios periodos a lo largo de 3 años.
Durante todo ese tiempo no hice otra
cosa que vagar sin rumbo fijo de casa
en casa —en ese tiempo la población
se negaba a vivir en villas— y
aprendí a vivir de acuerdo a
un ritmo que era completamente distinto
a cualquiera que hubiera experimentado
hasta ese momento. Como todos los bosques
verdaderos, este era particularmente
hostil. Tuve que hacer una lista de
todos los peligros potenciales y de
todos los correspondientes recursos
de sobrevivencia. Debo decir que los
embera fueron muy pacientes conmigo.
Estaban muy divertidos con mi falta
de elegancia, y creo que hasta cierto
punto yo estaba dispuesto a pagarles
con entretenimiento lo que ellos me
compartían en sabiduría.
No escribí un gran tratado.
El
bosque tropical no es realmente un
escenario ideal. Los papeles se reblandecen
por la humedad, el calor seca las puntas
de las plumas. Nada que funcione por
medio de electricidad dura mucho. Arribé allí con
la convicción de que la literatura
era un privilegio, y que siempre me
hospedaría en ella para resolver
todos mis problemas existenciales.
Una protección, de cierta manera;
una suerte de ventana virtual que podía
desenrollar cuando necesitara refugio
de la tormenta.
Una
vez que asimilé el sistema de
comunismo primitivo practicado por
los indios americanos, así como
su profundo disgusto por la autoridad
y su tendencia hacia una natural anarquía,
pude ver que el arte, como forma de
expresión individual, no tiene
nada qué hacer en el bosque.
Por otro lado, estas personas no tenían
nada que se asemejara a lo que llamamos
arte en nuestras sociedades consumistas.
En lugar de colgar pinturas en un muro,
hombres y mujeres pintaban sus cuerpos,
y en general se resistían a
crear algo duradero. Luego tuve acceso
a sus mitos. Cuando hablamos de mitos,
en nuestro mundo de libros escritos,
parece que nos referimos a algo que
está muy lejos, en el tiempo
o en el espacio. Yo también
creía en tal distancia.
Y
de pronto los mitos estaban allí para
que los escuchara, regularmente, casi
cada noche. Cerca de las higueras que
la gente construía en sus casas
en un corazón de tres piedras,
en medio de la danza de mosquitos y
palomillas, la voz de los rapsodas —hombres
y mujeres por igual— ponía
en movimiento historias, leyendas,
cuentos, como si estuvieran hablando
de la realidad cotidiana. Los rapsodas
cantaban en una voz aguda, expandiendo
su pecho; su rostro mimetiza las expresiones
y pasiones y miedos de los personajes.
Eso podría ser un episodio de
una novela, no un mito. Pero una noche,
una joven mujer vino. Su nombre era
Elvira. Ella era conocida a lo largo
de todo el bosque de los embera por
sus habilidades para narrar. Era una
aventurera y vivía sin un hombre,
sin niños —la gente decía
que era un poco borracha, un poco prostituta,
pero yo no lo creí ni por un
minuto—, e iba de casa en casa
para cantar, a cambio de carne, una
botella de alcohol o unas monedas.
Aunque
no tuve otro acceso a sus historias
más que por traducción —el
lenguaje de los embera tiene variantes
literarias que lo hacen mucho más
complejo que su forma cotidiana—,
rápidamente me di cuenta de
que ella era una gran artista, en el
mejor sentido del término. El
timbre de su voz, el ritmo de sus manos
golpeando contra su pecho, contra su
collar de monedas plateadas, y encima
de todo ese aire de posesión
que iluminó su rostro y su mirada,
una suerte de trance rítmico
mesurado, ejercía un poder sobre
todos aquellos que lo presenciaban.
Al simple marco de sus mitos —la
invención del tabaco, los gemelos
primigenios, historias sobre dioses
y humanos al amanecer del tiempo— ella
añadía su propia historia,
su vida de errancia, sus amores, las
traiciones y el sufrimiento, la intensa
alegría del amor carnal, el
escozor de los celos, su miedo a envejecer,
a morir.
Ella
era poesía en acción,
teatro antiguo, y la más contemporánea
de todas las novelas al mismo tiempo.
Ella era todas esas cosas con fuego,
con violencia; ella inventó,
en la oscuridad del bosque, entre el
envolvente sonido de insectos y ranas
y el aleteo de los murciélagos,
una sensación que no podía
ser llamada de otra manera más
que belleza. Como si en su canción
ella cargara el auténtico poder
de la naturaleza, y esto era seguramente
la más grande paradoja: que
este lugar aislado, este bosque, tan
lejos como podía imaginarlo
de la sofisticación de la literatura,
era el sitio donde el arte había
encontrado su más fuerte, su
más auténtica expresión.
Después
dejé la región y no volví a
ver a Elvira, ni a ningún otro
rapsoda del bosque de Darién.
Me quedé con algo más
que nostalgia —con la certeza
de que la literatura podría
existir, incluso si estaba revestida
con la convención y compromiso,
incluso si los escritores fueran incapaces
de cambiar al mundo. Algo grande y
poderoso, que los sobrepasaba, que
en alguna ocasión podría
animarlos y transfigurarlos, y restaurar
el sentido de armonía con la
naturaleza. Algo nuevo y muy antiguo
al mismo tiempo, impalpable como el
viento, etéreo como las nubes,
infinito como el mar. Esto es algo
que vibra en la poesía de Jalal
ad-Din Rumi, por ejemplo, o en la arquitectura
visionaria de Emanuel Swedenborg. El
escalofrío que uno siente al
leer los más bellos textos de
la humanidad, como el discurso que
Chief Stealth dio en la mitad del siglo
XIX al presidente de los Estados Unidos
cuando les concedió su tierra: “Podemos
ser hermanos después de todo...”.
Algo
simple y verdadero, que existe en el
lenguaje por sí mismo. Un encanto,
algunas veces una treta, una danza
chirriante o largas campanadas de silencio.
El lenguaje de farsa, de interjecciones,
de cursos, y luego, inmediatamente
después, el lenguaje del paraíso.
Es
a ella, a Elvira, que dirijo este tributo —y
a ella que dedico el premio que la
Academia Suiza me ofrece. A ella y
a todos los escritores con los que —o
a veces contra los que— he vivido.
A los africanos Wole Soyinka, Chinua
Achebe, Ahmadou Kourouma, Mongo Betu,
a Cry the Beloved Country de
Alan Paton, a Chaka de Thomas
Mofolo. Al gran autor mauritano Malcolm
de Chazal, que escribió, entre
otras cosas, Judas. Al novelista
mauritano de lengua hindi Abhimayu
Unnuth, por Lal Passina (Sangre
sudorosa), al novelista Urdu
Qurratulain Hyder por su épica
novel Ag
Ka Darya (Río de fuego). Al
desafiante Danyél Waro de La
Reunión, por sus canciones
maloya; al poeta kanak Déwé Gorodey,
que desafió los poderes coloniales
de camino a la prisión; al rebelde
Abdourahman Waberi. A Juan Rulfo y Pedro
Páramo y sus relatos
en El
Llano en llamas, y las simples
y trágicas fotografías
que tomó del México rural.
A
John Reed por Insurgent Mexico; a
Jean Meyer que fue el portavoz de Aurelio
Acevedo y los cristeros insurgentes
del centro de México. A Luis
González, autor de Pueblo
en vilo. A John Nichols, que
escribió sobre
la amarga tierra de The Milagro
Beanfield War; a Henry Roth,
mi vecino de la calle Nueva York
en Albuquerque, New Mexico, por su Call it Sleep. A
Jean Paul Sartre, por las lágrimas
contenidas en su obra Morts sans
Sépulture. A Wilfredo
Owen, el poeta que murió en la ribera
de Marne en 1914. A J. D. Salinger,
porque triunfó al ponernos en
los zapatos de un chico de 14 años
llamado Holden Cauldfield. A los escritores
de las primeras naciones en América —Sherman
Alexie el Sioux, Scott Momaday el navajo
por The Names. A Rita Mestokosho,
una poeta innu proveniente de Mingan,
Quebec, que dirige su voz a los árboles
y los animales. A José María
Arguedas, Octavio Paz, Miguel Ángel
Asturias. A los poetas del oasis de
Oualata y Chinguetti.
Por
su gran imaginación, a Alfonso
Allais y Raymond Queneau. A Georges
Perec por Quel Petit Vélo à Guidon
Chrome au Fond de la Cour? A
los autores de las Indias Occidentales
Edouard Glissant y Patrick Chamoiseau,
a René Depestre de Haití,
a André Schwartz-Bart por Le
Dernier des Justes. Al poeta
mexicano Homero Aridjis que nos acercó a
imaginar la vida de una tortuga vuelta
al revés, y que evoca los ríos
color naranja cuyo afluente lo hacen
mariposas monarca que recorren las
calles de su villa, Contepec. A Vénus
Koury Ghata que habla de Líbano
como un trágico e invencible
amante. A Khalil Gibran. A Rimbaud.
A Emile Nelligan. A Réjean Ducharme,
por la vida.
Al
niño desconocido que encontré un
día, en el delta del río
Tuira, en el bosque del Darién.
Por la noche, sentado en el piso de
una tienda, iluminado por la flama
de una lámpara de keroseno,
está leyendo un libro y escribiendo,
encorvado hacia delante, sin prestar
la más ligera atención
a lo que lo rodea. Ese niño
sentado con las piernas cruzadas, en
el piso de esa tienda, en el corazón
del bosque, leyendo solo a la luz de
la lámpara, no está allí por
casualidad. Él se parece al
hermano de otro chico al que me referí al
inicio de estas páginas, que
estaba tratando de escribir con un
lápiz de carpintero en la contraportada
de unos libros, en los años
oscuros al término de la guerra.
El niño nos recuerda dos grandes
tareas en la historia de la humanidad,
tareas que estamos lejos de cumplir.
La erradicación del hambre y
la eliminación del analfabetismo.
En
todo su pesimismo, la frase de Stig
Dagerman sobre la paradoja fundamental
del escritor, insatisfecho porque no
puede comunicarse con aquellos que
padecen hambre —sea de alimentos
o de conocimientos— toca la gran
verdad. La alfabetización y
la batalla contra el hambre se conectan
de manera cercana, interdependiente.
Una no puede triunfar sin la otra.
Ambas requieren, además de impulso,
que actuemos. Así que en este
tercer milenio, que apenas ha iniciado,
ningún niño en este planeta
compartido, más allá de
su género, su lenguaje o su
religión, debe ser abandonado
a la hambruna o la ignorancia, o llevado
lejos del banquete. Este chico lleva
consigo el futuro de la raza humana.
En palabras del gran filósofo
Heráclito, pronunciadas mucho
tiempo atrás, el reino pertenece
a un niño.
J.M.G.
Le Clezio, Brittany, 4 de noviembre
de 2008. |